Cuidádmelo...

 


En uno de los relevos de anoche, otro de esos en los que no sabes si merece más la pena ser sus pies o verlo venir de frente sobre los pies de tus hermanos, una amiga, con una de esas miradas y sonrisas que iluminan las noches más oscuras, se despidió de mí, justo cuando iba a entrar de nuevo al paso, con una orden, un deseo, una plegaria, que resume en sí misma lo que siente una persona que quiere algo, pero no puede protegerlo por sí sola.

Con esa orden me metí en las galeras del Señor, y pensé en lo que habíamos estado haciendo toda la noche, la historia que habíamos ido contando, y medité, mientras el Señor flotaba sobre nuestras cervices, en la grandiosidad de ese pequeño imperativo.

Cuidádmelo…

Según la R.A.E, cuidar es atender, asistir, guardar o conservar a alguien o algo. Implica poner atención, diligencia y esmero para evitar riesgos o asegurar que algo esté en buen estado. Desde este punto de vista, ¿no es eso lo que hicimos, precisamente, desde el mismo instante en que Luis tocó el martillo en san José de Calasanz? ¿no lo atendimos, asistimos en todo momento? ¿a cada mano?...¿no lo guardamos o conservamos, como hermandad, rindiéndole culto cada día en su iglesia? ¿exponiéndolo a todos los fieles en su Quinario, en su traslado al paso, en su besapiés? ¿no se pone atención, diligencia y esmero en cada “chicotá”, en cada “levantá”? ¿no nos aseguramos de que esté en buen estado cada vez que lo arriamos?...

Cuidádmelo…

En nuestra cerviz está a salvo, en manos de nuestros capataces está a salvo, en cada oración del nazareno, de cada mantilla, en la sonrisa de cada monaguillo, en las lágrimas de cada espectador, en cada uniforme azul del ejército del aire, en cada músico de la banda, en cada toque del prioste…si nos ceñimos a eso, si nos ceñimos a cada sentido puesto a lo largo del recorrido, en el control y en la técnica, creo que atendimos esa demanda de mi amiga, que no podía contener el llanto al verlo, al ver a su Madre, mientras acompañaba, cuidando también de ella, a su hermana que iba en las filas de nazarenos, y constatamos, además, que el Señor no sólo está a salvo ahora, sino que estará a salvo muchos años, justo los que nos quedan a algunos y los que estrenan los aspirantes que llegan a Él, con las fuerzas y el corazón intactos.

Anoche lo dije, yo he pasado, como muchos, de que le dediquen las “levantás” a nuestras madres, a que se la dediquen a nuestros hijos, lo que da una idea de los años que llevamos con Ellos, mientras seguimos mirando al Señor, que está presente en nosotros no sólo cuando sale porque, como le escuché anoche a Diego, “lo disfrutamos todo el año”.

Nosotros cuidamos al Señor, llevamos al Señor, al que mira al cielo, al Señor del puente, al Primer Escolapio, al Hijo del Mayor Dolor, con la fuerza del trabajo y la suavidad del amor, porque el costalero es exactamente eso, trabajo y amor, sólo con ese santo y seña en el corazón se puede hacer lo que se hizo ayer, arañar el alma de la forma en que se hizo ayer, volver como se volvió ayer, dejando atrás el sufrimiento y el dolor, las calles malas de la vida, para convertirlo en fuerza y entregársela al Dios que expira, sólo porque Él lo entregó todo por nosotros, con la misma ilusión con la que nuestros hijos dan un estampa, ofrecen una botella de agua, o iluminan su camino vestidos de roquete.

Anoche, quizá, se fueron apretando las tuercas de un engranaje al que poco le falta para rodar perfecto, pero esto no sería nada si al mirar al Señor no sintiéramos lo que sentimos, y viéramos en su figura a todos los que nos han enseñado, a todos los que aprenden con nosotros y a todos los que lo necesitan. Cuando entré en mi último relevo, comprendí una cosa, que el mandato que mi amiga me hizo, es el que nos hace toda la hermandad cuando lo sacamos a la calle, y hay que pensar en eso porque, como también comprendí ayer, muy pronto seremos nosotros los que, al ver a los costaleros entrar al paso, le pidamos en un abrazo lo que ayer me dijeron a mí…

Cuidádmelo…  

Fuente fotografía: Christian Roca

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