Hachones humeantes...
Hachones humeantes. La cera que no chorreaba porque el fuego ardía eternamente, por lo menos hasta que los priostes lo apagaban, una vez atravesada la puerta de san José de Calasanz, que sigue siendo el mismo de siempre, ubicado en ese enclave de las más profundas entrañas, las de los extramuros que ya son ciudad, y las del corazón que descuenta días como cuenta cicatrices. El paso era humilde, como tu condición, como tu aceptación, como tu bonhomía, (todo lo contrario que éste que escribe, cuya humildad se quedó aparcada en un viejo pupitre de colegio, aunque, al menos, lo sabe, lo declara y lo reconoce). Tu paso, sobrio y de mínimos detalles, color oscuro para madera del canasto y los respiraderos que iban tallados con hojarascas sobredoradas, muy lejos del actual y portentoso paso que cada año te sostiene, vestigio de una semana santa perdida, de una ciudad que empezaba a sacar a la calle sus devociones, de un colegio que sumaba esfuerzos, de mil vidas anteriores ancladas a ...

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