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Hoy no ha venido a ensayar; les comunicó ayer a sus capataces que tendría que atender asuntos familiares muy importantes que le iban a impedir acudir al comienzo de los preparativos de su Semana Santa.

Es un tipo agradable y cumplidor al máximo, amante del orden y las cosas por derecho, y uno de sus distintivos es que se viste por los pies, si bien algún arranque de raza deja claro alguna vez que otra, al que lo conoce y sobre todo al que no, cual es la ciudad en que lo alumbró su madre, en primer lugar, y que él no es un hombre de primeras impresiones, sino de llegar a su fondo, en segundo. Por eso, a su gente le extrañó sobremanera que faltase a un ensayo ya que, si lo había hecho, es que era una razón más que justificada.

En la otra punta de la ciudad un edificio nuevo, con parking de precio excesivo, les saluda nada más poner el pie en la zona de extramuros que crece de tal manera que los pueblos colindantes ya casi son barrios de la ciudad, y en recepción los remiten a una sala en la que él no podrá entrar, por ahora, y tendrá que esperar noticias fuera, todo nervios e impaciencia. Más tarde, tras el protocolario examen que certifica lo obvio, entra a la sala monitorizada en la que no se deja nada al azar y se cuida hasta el más mínimo detalle, encontrándose con su compañera, misma sonrisa aunque maquillada por la incertidumbre, que le invita a que le coja la mano postrada en la cama que, durante algún tiempo al menos, va a ser más que su amiga.

Él la observa. A pesar de todo no ha perdido un ápice de belleza, es más, ha ganado, aun con el pelo empapado en sudor y el gesto torcido por el dolor que lleva un rato acompañándola. Precisamente, el dolor se hace más agudo y más constante y, casi sin tiempo para más, el médico acude para asistirla en uno de los momentos más trascendentales de su vida y tras el cual ya nada será como antes. Él se coloca  a su lado, sigue con su mano en la suya, le retira el pelo de la cara y le hace aire con un abanico mientras le dice lo valiente que es, lo fuerte que es, y le recuerda que la quiere.

El esfuerzo tiene su recompensa. Tras un indefinido espacio de tiempo, el médico le dice a ella que acerque sus manos y, poco a poco, sujetando la cabeza, va sacando el cuerpo de su hijo que, aunque ha llegado llorando, deja en su madre una inmedible alegría.

El padre, orgulloso, piensa que la salida de su Virgen pudiera asemejarse a esto, y que sus costaleros la alumbran cada año para su ciudad, lo que le recuerda que no ha ido al ensayo y que tiene que llamar a su gente para decirlo. Coloca una estampa en la cuna de su hijo, sale al pasillo a llamar por teléfono y comunica a su cuadrilla la noticia...

Llegó llorando, pero ¡qué alegría trae consigo el niño que llega a la cuadrilla!


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