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En el Cielo hay una Facultad Celestial de Bellas Artes, en la que ya no se cabe de tantos profesores como tiene, de todas las ramas, y de tantos alumnos aventajados que estudian en ella.

Todas las aulas de esta facultad tienen amplios ventanales por los que entra una luz de cielo claro, como no podía ser de otra manera, sin el molesto tapiz de edificios, nubes y demás obstáculos que restan luminosidad a las aulas terrestres, por lo que resultan idóneas para hacer retratos sin necesidad de luz artificial que desdibuja y desmerece la realidad.

Pues bien, en sus pasillos, llenos de tablones de anuncios en donde cada cual expone sus cualidades u ofrece sus servicios, hay un cartel que anuncia que la Virgen ha decidido posar como modelo, porque tiene intención de poner un retrato suyo en el salón de su morada, y he aquí que se ha formado un revuelo y todos corren buscando sus útiles de pintura para sacar algo merecedor, y que se ajuste a esa sin par realidad, que es la cara de la Virgen.

El día que María, la dueña de la casa, sin apellidos, decidió posar para los pintores, observó cómo casi todos llevaban, a modo de portfolio, algunas obras ya realizadas con los que Ella pudiera inclinar su decisión, y la muestra era de una calidad casi insuperable. Dirigiéndose hacia el sitio en donde habría de colocarse, la Virgen pasó por entre un sinfín de caballetes, donde ya se estaban colocando los lienzos que habrían de albergar el retrato de la Señora, se estaban preparando los pinceles, etc, y a Ella le extrañó que entre todos ellos, había dos en concreto que, sentados pacientemente, esperaban el momento de verla y que no habían traído consigo muestra alguna que acreditase su valía como sí habían hecho sus contrincantes. Inquietada por la curiosidad, la Virgen se acercó a ellos para saber el motivo por el que aquellos alumnos no llevaban absolutamente nada, preguntándoles al efecto. La respuesta fue concisa: "nos hemos dejado todas las obras en Andalucía, que es donde venimos". ¿Cómo os llamáis? quiso saber la Virgen, "Yo soy Luis, Señora", respondió uno de ellos, "y él es Antonio Joaquín". 


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