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Todas las madres cumplen años, dignamente, envejeciendo sólo a los ojos de los que no las conocen, ya que sus hijos seguimos viéndolas igual que siempre, dándonos cuenta solamente del tiempo que ha pasado sobre ellas (y nosotros) cuando miramos alguna fotografía que sale, de pronto, de entre las páginas de un libro.

Las madres nunca están viejas, nunca están feas, porque son nuestras madres, y el amor infinito que nos tienen y les tenemos es como una burbuja infranqueable en la que se conserva todo tal y como está, desde el principio de todo, cuando nos llevaban en el carrito o nos enseñaban a nadar. Todas las madres, sin excepción.

También sucede que las vemos guapas porque lo son, y con cualquier cosa que se pongan por encima, aunque las pillemos a traición, su belleza asoma porque, como el dinero, no se puede tener escondida.

Algunas cumplen muchos años, pero no parece que éstos hayan hecho mucha mella en ellas, en su figura, en su mirada o en sus hechuras; antes al contrario, han ganado en señorío y elegancia, adaptándose a los tiempos. Otras son más jóvenes, aunque maduras, y de ellas siempre nos sorprende que van cogiendo los vuelos de las mayores, pero adecuándolos a su recién superada juventud, consiguiendo una deliciosa mezcla que a pocos pasa desapercibida. Y luego están esas madres, casi adolescentes, recién asomadas a la responsabilidad de la maternidad, que asumen con aplomo, tirando de todo como si llevaran toda la vida haciéndolo, y es que hay Madres, que por muchos años que nos cumplan, parece que siempre tienen veinte...

Fuente fotografía: escofrade.es

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