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Su abuelo era militar, pero no uno cualquiera, aunque este calificativo nunca es aplicable a los que ejercen el noble oficio de defender a su patria, sino uno de esos de condecoraciones, actos heroicos y alto rango en el escalafón. Oficial antiguo, de férrea disciplina y pleno respeto a sus principios, su religión y su país, llevaba una Virgen en el uniforme, pequeña y humilde, pero enorme sin embargo, ya que representaba a la que es Madre de Dios y de los hombres, y que lo acompañó siempre en la paz, como en la guerra. Porque su abuelo, como tantos, luchó y sufrió en la guerra, en uno de los dos bandos que desangraron a las familias españolas.
A él, y a sus hermanos, le contaron sus historias, como las de un cuñado suyo, hermano de su esposa, aún mayor en el rango, empatado en heroicidades, del aire en lugar de artillería, que vino a su tierra a entregarle una Corona a la Virgen, la suya, por estar vinculada la cofradía al cuerpo, entre otros mandos que lo acompañaron en representación del Jefe del Estado, y las recuerda con mucho cariño y respeto, y se emociona con ellas, como lo hace cuando piensa en esa otra época, un tiempo no muy lejano, en la que a las patronas de las ciudades y pueblos el ejército les "cubría la carrera", como su padre hizo durante su servicio militar, apostando soldados en todos los puntos del recorrido.
Piensa en esa Salve Marinera que los militares le cantaban, a modo de saludo y despedida, a la Madre Dominica, Jefa con mando en plaza de los corazones de su barrio. Piensa en el Corpus Christi, cuando tras la Custodia iban soldados desfilando, ahora sigue pero en un número reducidísimo, hasta donde alcanzaba la vista y, con más tristeza si cabe, piensa en que al ejército se le aplaudía, en señal de respeto y agradecimiento por sus servicios al país y a la ciudadanía.
Hoy día las cosas distan mucho de esa época y, por desgracia, ha caído en desuso ver al ejército tras los pasos, interpretando marchas o integrados en el cortejo, como un hermano más de la corporación. Claro, piensa, la sociedad de ahora está más preocupada del fútbol, internet, programas contrarios a la moral y, lo que es peor, a la inteligencia del espectador, que de los valores con los que él se crió, y que el ejército representa. Por eso, a las imágenes titulares se las puede ningunear por sectores incendiarios, tildarlas de muñecos y desprestigiar lo que representan, como se puede hacer lo mismo con el ejército que, al corto entender de los que lo detestan, no sirve para nada, pero sí sirve cuando le hace falta al incendiario de turno.
Por suerte, hay gente como él, que añoran aquellos días, y que desearían ver a grupos más numerosos de militares junto a su Virgen, o junto a las demás imágenes que, como la suya, tienen vínculos muy antiguos y arraigados con el ejército y, mientras tanto, recordará esos momentos en que los soldados entonaban su Salve al paso de la Virgen Dominica, esperando que vuelvan, por qué no, a repetirse, y seguirá aplaudiendo al ejército y poniéndose firme cada vez que salga un paso y suene el Himno nacional, mal que le pese a los incendiarios de turno.
Está pasando el Señor, él coge de la mano a su hija y, en ella, en esa mano, siente también en la suya la mano de su abuelo llevándola firme por los senderos del honor, del respeto, como él, a sus principios, su religión y su país.
Su hija saluda al Señor que baja la calle, alegría dominical de la victoria del amor sobre la muerte cerca del viejo cuartel y, él, en su mente y con lágrimas en los ojos, saluda a su abuelo...
¡Por Dios, y por España, sin novedad mi Coronel!.



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