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La Serenísima...la República de Venecia, esa perla del Mediterráneo por la que se han peleado reyes y emperadores a lo largo de la historia y que ha llegado hasta la actualidad amenazando con hundirse, aunque todavía, Dios quiera que por muchos siglos, no la haya hecho.

La ciudad de los canales, recorridos a diario por infinidad de embarcaciones de todo tipo, que hacen que lo más trivial y cotidiano en cualquier ciudad, sea allí una curiosidad al hacerse en barcazas que sustituyen, por razones obvias, a camiones y furgonetas. 

Por sus calles ocultas, en las que el sol tiene que dar contraseña para entrar, de tan estrechas, han paseado poetas, pintores, cineastas y un sinfín de personalidades que, incluso, quisieron quedarse allí para siempre, tras su periplo en la vida, y ser enterrados en esa isla de los muertos que se llama San Michele. Algunos de esos personajes, miembros de ilustres y adineradas familias, siguen vivos hoy día al ser recordados constantemente por los palacios reconvertidos en museos que conservan, como un tesoro, el oro de sus nombres, y que pasan desapercibidos para el ojo del turista que, queriendo abarcar todo, a veces no se entera de nada, viniéndole a la cabeza Juan Lamillar, el poeta hispalense, cuando decía que tendría que haber una policía especializada en revisar las cámaras de los turistas, para borrar las fotos manidas por lo típicas, tópicas por lo manidas, y requisarlas, ya que todos hacen las mismas y se pierden la verdadera estampa de la ciudad, que queda oculta, afortunadamente, para el que quiere mirarla desde otra perspectiva, que subyace mucho más allá de la máscara de carnaval.

Se le vienen a la mente, también, tantos viajes que ha hecho a Venecia, cada uno distinto, encontrando el amor, o a sí mismo, justo ahora que pasa por delante suya el imponente palio, todo luz y azahar, que lleva en sus únicas caídas la basílica de san Marcos. Recuerda, nítidas, las palabras que leyó haber dicho Gautier, el poeta y dramaturgo francés, al comparar la catedral veneciana con la mezquita cordobesa, entiende que por las formas de los arcos, y superpone ambas imágenes, comparándolas con los detalles del palio que se va, dejando en su cadenciosa despedida el mismísimo aroma del mar al bañar las costas venecianas. 

Entrando en la calleja, movimientos precisos de los costaleros, se le antoja una góndola abriendo con su proa los canales, en los que se han convertido las calles de su ciudad, y parece escuchar al gondolero pidiendo paso para girar o pasar un puentecillo, al percibir las órdenes del capataz que está mandando revirar el palio. La ciudad de Venecia, al igual que la suya, es mágica, y piensa en la suerte que tiene de poder ver una parte de Venecia mecida por las calles, cada Madrugá, o en la suerte que tiene Venecia, de que su basílica sirviera de inspiración para servir de toldo, nada más y nada menos, que a la Madre de Dios. 

El capataz es el Dux que manda esta Venecia sobre costaleros, y la Virgen llena las calles con su peculiar aroma. Quiere que se quede, porque no sabe en dónde van a estar él y Ella el año siguiente, porque quiere agarrar con fuerza, para conservarlo siempre en su memoria, este momento, porque quiere verla siempre así, como ahora, andando por derecho y entre el silencio que pone sonido a la admiración y la sorpresa. 

Ahora que la Virgen va avanzando por la Madrugada, es justo cuando lo ha comprendido todo...Venecia,...Veni etiam...vuelve.

 

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