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Le gusta ese rincón, casi desapercibido, en el que puede observar el ajetreo propio de la mañana que da paso a la hermandad en la calle. El templo es un hervidero de propios, afanados en las últimas tareas, los últimos retoques, los últimos "de todo", y extraños, que deambulan entre los pasos admirando esos detalles que los hacen únicos y que, muchas veces, no se aprecian en la calle, al menos no con la tranquilidad de esa mañana, ya que nuestros ojos van en un continuo ir y venir queriendo abarcar todo en un corto espacio de tiempo.
En la puerta, la mesa de póstula saluda al visitante abriéndole un abanico de recuerdos de los titulares que, esa misma tarde, irán hacia la ciudad para cumplir con el rito de dejar en sus calles un poco de esa "humanidad de lo divino" que el Señor y la Virgen llevan en su cara.
Él sigue, ahí, a lo suyo. Observando el contraluz que dibuja el sol con la corona de la Virgen, mirando desde la trasera, aun sin vida, el espectáculo del manto bordado, los varales y los brazos de cola, y recorriendo su mente los momentos y las caras que han ido haciendo posible que el palio se vea como se ve, completo y medido, a la usanza de la perfección andaluza.
En su rotundidad, los respiraderos ocultan, incluso, la filigrana con la que están diseñados, y al verlos desde cerca, uno pude llegar a sorprenderse de la historia en plata que cuentan sus capillas, como se sorprende al ver el conjunto ya montado, a falta de que se encienda la cera y se prenda fuego al jardín para llevárselo mecido por las cuestas, que diría el insigne escolapio.
Una sonrisa asoma a su cara, y rompería a reír si no estuviera tan absorto en el paso de palio, pues se ha imaginado lo que pasaría si alguien no avezado en campanarios y adoquines de su barrio se acercara en ese momento a su lado y le preguntara qué está haciendo. Se ríe, sólo con pensar la cara que pondría el interlocutor al responderle: "aquí, buscando la langosta".
Fuente fotografía: You tube



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