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Cada mañana, en el colegio, los ve formados. Constituyen un variopinto ejército del aprendizaje, disciplinados soldados de mochila y estuche y, sólo a veces, de paraguas.

En el pequeño patio que antecede a la entrada del aulario esperan, aguerridos, en las respectivas líneas de colores que les marcan la posición, separados, con precisión milimétrica, un metro del compañero de delante, otro metro del de detrás, y otro metro de la idénticas filas que custodian sus flancos, a que el timbre les indique, como cornetín de órdenes, que ha llegado la hora de marchar a clase aguardando su turno, con lluvia o con frío, para que el profesor, al que juraron obediencia extrema a principio de curso, les aplique el gel hidroalcohólico y encabece su desfile hacia el campo de batalla del saber, que no es poca cosa.

Cuando los ve ahí, sonrientes tras su mascarilla a pesar de todo, con sus manos puestas para recibir su dosis de seguridad húmeda, de infantil a primaria y a la inversa, se le viene a la cabeza su día a día...

Con tan corta edad, han aprendido mejor que los adultos la disciplina anti Covid-19 y, sin quejarse, la han aceptado sin rechistar y cumplen el protocolo de no quitarse la mascarilla ni en el recreo, comer rápido antes de éste y volver a ponérsela enseguida para continuar su rutina colegial. Han aceptado no abrazarse, no tocarse, no ir a los cumpleaños de sus amigos, no salir a jugar al parque ni hacer fiestas de fin de curso y, lo que es peor, no dar besos a sus abuelos ni ver a sus primos todo lo que quisieran y, no lo olvida, sonreír a pesar de todo. A pesar de dar clase en Enero con las ventanas abiertas; a pesar de no poder moverse de su asiento en todo el día, a pesar de no vivir en su mundo de juegos y sí en el de los mayores que, además, se quejan; a pesar de la disciplina, la obediencia y la serenidad demostrada ante una situación impuesta que no entienden pero acatan.

Ellos sí que van a clase presencial, y se examinan, con distancia y mascarilla, desde los tres años, mientras que nuestros universitarios (no todos) no quieren hacerlo por miedo a un contagio académico irreal, aunque luego se vayan de botellón a casa del primero que se lo diga.

Viéndolos ahí, esperando el timbre, organizados, respetuosos, disciplinados, confiando ciegamente en el mando, piensa que son un ejército temible,...o una buena cuadrilla de costaleros. A ellos, piensa, y sólo a ellos, es a los que hay que decirles:

¡OLE LA GENTE BUENA! ¡HAY QUE SEGUIR, VALIENTES!  

Fuente fotografía: Twitter Esperanza Granada

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