El pregón que no escribiera...31

 


V

uela la vida, insistente, por calles de la memoria,
que me llevan, en cambio, muy despacio
al entorno familiar, casi de casa,
que siempre muestra la iglesia de aquel barrio.

El colegio, seminario menor y sacerdotes,
era próximo al lugar en donde vive
Aquel que tiene el título oficioso,
impuesto por la urbe, sin membrete,
de Señor de la ciudad que lo venera.

La túnica, el color de la mejilla,
los palillos y claveles cada previa,
el Vía Crucis en el viernes de Dolores,
el canasto, tan sublime, y tan pionero,
los faroles que lo escoltan y definen.
El rezo, en su capilla, sin llamarme,
la lágrima que fluye cuando le hablo,
mi madre yendo a verlo, mil motivos,
el vello que se eriza cuando sale
y la marcha que me suena a los comienzos.

Verlo siempre, en su salida, antes de todo,
del paseo con el costal hacia el cadalso,
ese lunes de contrastes de devotos,
el corazón y la sangre que “discuten”
sobre quien manda en la ciudad que los espera.

He crecido cerca de Él, sin darme cuenta.
Lo he buscado cada vez en que he podido,
he encontrado, sin querer, tantas respuestas.,
dándome cuenta de que conozco cada rasgo,
cada vena de su mano, tan perfecta,
esa clase magistral de bonhomía
que imparte desde el paso a quien la quiera.
He vivido con Él, en la distancia,
que nunca me dejó, ahora comprendo,
que fuera más de lo estricto y necesario,
y cada vez que lo miro, me doy cuenta,
que al lado del Señor, van mis amigos,
va mi historia, mi ciudad, y va mi herencia.

También sé, lo tengo más que claro,
que cuando pase el tiempo, veloz e imperdonable,
mi lunes seguirá siendo de negro,
aunque mi corazón tendrá su estampa,
como legado sempiterno de mi madre
de tanto oír hablar de Él en nuestra casa
para el nombre y la mirada…del Rescate.

Fuente Fotografía: La Locura Cofrade

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