38...Rezar
A lo lejos, pero cerca, a esa
distancia justa que permite distinguir y oír, un paso de Cristo se aleja,
lentamente, y la brisa de la tarde mece su túnica. Da igual, lo sé realmente,
no importa, a quién pertenezca esa túnica, en qué calle esté sucediendo todo, y
la ciudad en la que esa calle esté ubicada. Con el bamboleo de esa túnica, en
cada uno de los pliegues, en cada remate del bordado, se mecerán en el aire
cientos de súplicas, cientos de acentos, dejes o “quejíos” que, repetidos a
través de las ondas, acercarán, de esa manera, a los suyos al Señor y,
nosotros, a esa distancia justa que permite distinguir y oír, seremos testigos, a su vez, mientras nuestros mismos ojos también lo miran y nuestro acento le acerca
palabras para que se transformen en oraciones y los nuestros lleguen al Señor,
igualmente, de esta manera.
No importa cómo se rece, cómo se
compongan las oraciones o se junten las palabras, porque la sintaxis aquí, y
ahora, toma una única forma, que es la forma en que el Señor nos escucha. El
complemento circunstancial de lugar es el pavimento que pisamos, cada uno de nosotros,
a la hora de pedir por los que lo necesitan. El de tiempo, es el cuándo, ese
instante en que todo sucede, breve, fugaz y efímero, cuando nuestros labios
musitan un nombre justo en el momento en que la cuadrilla avanza el izquierdo y
parece que Dios nos ha escuchado, sólo porque sus costaleros así lo quieren, y
la oración se termina, con nosotros como sujeto, y el verbo pedir, llorar,
rezar, recordar, sentir…como exacto predicado, genérico y universal, ya que
todos sentimos lo mismo cuando vemos avanzar al Señor, meciendo su túnica, por
las calles íntimas de nuestra alma.
Así le rezamos, desde chicos, sin
saber, porque rezar no es aprenderse de memoria una oración y repetirla cuando
toque. No, en nuestra cultísima comunidad autónoma, rezar es secarse una
lágrima, apretar una mano, besar una estampa, presentar una imagen a un bebé,
mostrarle el camino a nuestros hijos, mirar a nuestros padres, abrazar a
nuestro hermano, tararear una marcha, vestir un hábito, preparar torrijas, oler
el incienso, tocar un instrumento o apretar el cuello a la trabajadera. Rezar
es asir una vara, llevar un cirio, portar una cruz, una naveta, encender una
candelería o sostener una escalera, mientras, en cada recóndito rincón de
nuestros sentimientos, siempre se desata lo mismo cuando vemos al Señor,
revirando ya y ocultándose a nuestra vista, aunque no a nuestro recuerdo.
Esta es la verdad de nuestra
Semana Santa, que da igual de dónde seamos, cómo hablemos o qué medalla
llevemos en el cuello, o no, porque si cerramos los ojos, evocamos la marcha y
la suave mecida de la túnica de Dios hecho hombre a hombros de sus costaleros,
si reposamos la cabeza sobre el hombro de quién nos quiere mientras eso ocurre,
siempre, a nuestra mente asoma una imagen que relacionamos con nuestra vida y,
eso, en andaluz, simplemente significa…rezar.
Fuente fotografía: El Foro Cofrade



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