Me llegas...

 


Me llega tu luz, en mi distancia, llenándome el espacio intransigente.

Me llega en el momento en que preciso, alcanzando el cénit de las almas que esperan a que llegues otro año, aunque sepan que Tú esperas cada día a que llegue todo aquél que quiera hacerlo.

Me llega tu dolor, entre bambalinas, el brillo de tu cara a media tarde cuando el sol atraviesa el nuevo palio; me llega suavizado en tus mejillas, mas tus ojos van contándolo en otro idioma bien distinto, que nos habla de otra cosa, inimaginable, para nuestra limitada manera de sentir.

Me llegas a través de aquellas manos que, al apretar la mía, me piden que te rece por sus miedos, confiados en esa lejana conexión que da el haber sido de los tuyos, y me llegas en la frase de esa anciana que te llama a través de sus recuerdos, con lenguaje de lágrimas incontenibles al evocar instantes perdidos, personas eternas.

Me llegas, en el calor de sobremesa, en el hogar con una mesa de camilla que tiene tu cara bajo el cristal; en el aroma del café que viene a mí, desde la vieja cocina, como anuncio de la conversación, de la risa, y del abrazo, en una suerte de incienso que precede tu mirada, en esa casa en la que se habla de Ti, como un miembro más de la familia.

Me llegas desde la repisa con las fotos antiguas, de mil formas distintas pero siempre contigo, cuando me siento en el sillón que, de tanto hacerlo, ha empezado a tener nuevas marcas en el ajado tapizado, y en cada uno de los marcos corroboro que has marcado todo aquello que haya podido ser relevante en mi vida.

Me llegas siempre igual, como aquella primera vez de finales del S.XX, que ya hay que hablar en estos términos cuando de contar nuestros días se trata, con la misma voz granadina que reclama mi atención, sin hablar casi, que se repite en mi mente con ecos de "Reina de san Román", en las Pasiegas, y de "Mayor Dolor", como banda sonora impertérrita de mis días contigo, de mis días sin Ti, como si fuera el diapasón en el que pongo atención para afinar el instrumento de mi alma.

Me llegas siempre a mí, siempre a los míos, tocando la fibra sensible de cada uno para despertar los sentimientos que quieres que afloren, para preguntar exactamente por lo que a cada uno nos conmueve y acertar siempre con lo que necesitamos. 

Me llegas, pero si no llegas te busco, porque te necesito, porque sé que eres la única meta posible cuando acabe la carrera de la vida, porque sé que el premio será verte a diario, pero alegre, sin pena ni llanto, porque ahí tu Hijo vive, ya no expira ni muere, y Tú no derramas lágrimas de tristeza, sino de gozo, y eres feliz, como si todos los días fueran de infancia y, en consecuencia, me harás feliz para siempre, sin merecerlo, en ese lugar en el que estarás presente, Señora de todas mis variantes, de la misma manera en que hoy me llegas.

Fuente fotografía: La Locura Cofrade

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