Hachones humeantes...
Hachones humeantes. La cera que
no chorreaba porque el fuego ardía eternamente, por lo menos hasta que los
priostes lo apagaban, una vez atravesada la puerta de san José de Calasanz, que
sigue siendo el mismo de siempre, ubicado en ese enclave de las más profundas
entrañas, las de los extramuros que ya son ciudad, y las del corazón que
descuenta días como cuenta cicatrices.
El paso era humilde, como tu
condición, como tu aceptación, como tu bonhomía, (todo lo contrario que éste
que escribe, cuya humildad se quedó aparcada en un viejo pupitre de colegio,
aunque, al menos, lo sabe, lo declara y lo reconoce). Tu paso, sobrio y de mínimos detalles, color oscuro para madera del canasto y los respiraderos que iban tallados con
hojarascas sobredoradas, muy lejos del actual y portentoso paso que cada año te
sostiene, vestigio de una semana santa perdida, de una ciudad que empezaba a
sacar a la calle sus devociones, de un colegio que sumaba esfuerzos, de mil
vidas anteriores ancladas a tu Expiración, ancladas a la ribera del Genil.
Calvario de claveles rojos,
trabajaderas longitudinales que raspaban las orejas de los niños costaleros al
colocarse para la carga, aprendiendo a llevarte apoyando los hombros y
racheando el paso con zapatillas de esparto negras, calcetín blanco y pantalón
vaquero. Jovencísimos ellos, jovencísimos sus capataces, que se vieron con tu
enormidad en las manos y sólo ellos saben la de capotazos que tuvieron que dar
para ponerte cada Viernes Santo en las calles de la ciudad, cuando todo era
diferente, tanto, que la noche se llenaba de fuego y humo mor de la aulaga
prendida en el lecho del río, como intento de retener a esa Granada cofrade que
buscaba otros encierros, más mediáticos.
En esta foto, positivada de un
negativo kodak impresionado gracias a una vieja nikon automática, no se
aprecia mi juventud, ni mi ignorancia, la hizo algún miembro de mi familia en
esa espera de siempre en el relevo de las Angustias, y no se ve nada más que a
Ti, que ya mirabas al Cielo buscando sólo Tú sabes qué, y que sigues expirando en Granada para que nosotros podamos seguir hablando de ello,
reunirnos en tu nombre, con o sin costal en la mano, y recordar todo aquello
que se desata, por ejemplo, cuando se tiene una foto antigua entre las manos.
En el Viernes Santo de la instantánea,
algunos de los que ya iban debajo siguen en el mismo sitio, otros, como yo, te
veíamos de refilón mientras buscábamos el manto de tu Madre, sin conocerte, sin
saber de Ti más de lo necesario, y disfrutando de esa exultante juventud,
acompañada de su punto de soberbia, cuando el fin se veía tan lejos como tus
potencias al mirarte a ras de suelo.
Quién me iba a decir a mí, cuando
corría ese Viernes a meterme en el palio de tu Madre, que hoy iba a estar
escribiendo esto, otro viernes más, otro viernes menos, habiendo sido tus pies el Viernes Santo, como se llevaba ya ese otro viernes de la foto, de la misma manera, aunque sin
los hachones humeantes...
Fuente Fotografía: Archivo personal



Comentarios
Publicar un comentario